Un homenaje a mi cleta. Por estos días, debe esar cumpliendo 22 años. Sí, tiene mi edad. Y en este período, se ha convertido en un ejemplo de supervivencia. En sus primeros años, cargó niños hacia la cima del cerro San Cristóbal. Luego, fue heredada por su dueño original, llegando a mis manos cuando yo era aún muy pequeña para usarla. Pasó más de una década olvidada en una bodega y ahora renace desde el óxido para ser la cleta más observada de las ciclovías de Santiago. Toda una leyenda, un "neo clásico", si se quiere. Tal vez no le quede mucho tiempo de vida, pero mientras me acompañe, no volverá a sentir cómo la mugre se acumula en sus añosas articulaciones. Recorreremos juntas la ciudad, con nuestro canasto y nuestras lucecitas reglamentarias, despertando recuerdos de infancia y sacando, de lo más profundo de las gargantas de los santiaguinos "¡Cacha!, ¡oooh, la bici vieja!"
viernes, enero 27, 2006
Solo por ocio...
Un homenaje a mi cleta. Por estos días, debe esar cumpliendo 22 años. Sí, tiene mi edad. Y en este período, se ha convertido en un ejemplo de supervivencia. En sus primeros años, cargó niños hacia la cima del cerro San Cristóbal. Luego, fue heredada por su dueño original, llegando a mis manos cuando yo era aún muy pequeña para usarla. Pasó más de una década olvidada en una bodega y ahora renace desde el óxido para ser la cleta más observada de las ciclovías de Santiago. Toda una leyenda, un "neo clásico", si se quiere. Tal vez no le quede mucho tiempo de vida, pero mientras me acompañe, no volverá a sentir cómo la mugre se acumula en sus añosas articulaciones. Recorreremos juntas la ciudad, con nuestro canasto y nuestras lucecitas reglamentarias, despertando recuerdos de infancia y sacando, de lo más profundo de las gargantas de los santiaguinos "¡Cacha!, ¡oooh, la bici vieja!"
martes, enero 24, 2006
Bienvenida realidad
Hace como una semana di con una comunidad de msn que promovía la obesidad mórbida. Tenían una sección de "tips" para comer más de la cuenta, como comer cosas dulces seguidas de cosas saladas para no cansarse del sabor, y también daban consejos sobre cómo desviar la atención de los padres cuando querían comer en exceso. Cuando acababa de salir del horror que me produjo el leer estos consejos (básicamente para engordar hasta morir), di con una sección de mensajes, donde no solo defendían a brazo partido su postura, sino que ofendían a otras participantes del sitio que entraban a insultarlas. Estas últimas eran niñas de colegio (al igual que las gorditas suicidas) que promovían ciertos "estilos de vida", como insistían en llamar a la anorexia y la bulimia. Sus argumentos eran cosas como "a los minos no les gustan las gordas" o "me encanta ponerme ropa y que me quede bien". Ante esto, las niñas que promueven la obesidad respondían cosas como "tú vives amargada sin comer, mientras que yo soy feliz", recurriendo al típico mito de que las gorditas son todas simpáticas y felices. Lo más preocupante de todo es que todas las participantes eran adolescentes, en su mayoría chilenas y alumnas de enseñanza media. Vale decir, todas eran, tanto personas en formación, como niñas en crecimiento. Esto me llevó a concluir que estas adolescentes actuaban de la forma en que lo hacían debido a que estaban siguiendo modelos errados, tanto en sus familias, como en sus colegios y, en términos más globales, en su sociedad. Una sociedad exitista que pregona tener más que el vecino es, en último término, responsable de que las gordas quieran ser más gordas y las flacas, más flacas. Los medios de comunicación nos plantean dos paradigmas de evaluación de la mujer: básicamente, las chicas Mekano, o bien, las Catherines Orellana. No hay más. ¿Qué pasa entonces con las mujeres en la política, con nuestra presidenta electa y con las intelectuales chilenas? Pues bien, creo que también se las evalúa en esos términos en lo que a medios se refiere. Basta con observar detenidamente los carteles de campaña de Bachelet para darse cuenta de que se la trató de adelgazar con el ángulo en que aparece (medio perfil) y con un corte en las fotografías (que deja afuera un cuarto de su cuerpo). Al mismo tiempo, se nos presentan las gorditas siempre sonrientes, estilo Zapallito Italiano, modelos adictas al gimnasio, como la Carla Ochoa, etc. Francamente, dudo mucho que alguien tratara de adelgazar a Insulza en algún cartel o que se le pidiera una sonrisa eterna a la hora de salir en TV. Eso es porque aún vivimos en una sociedad que plantea modelos femeninos obsoletos que, a la larga, calan hondo en las conciencias de las adolescentes, mermando su autoestima y llevándolas a conductas extremas para encajar en un determinado perfil. Una sociedad así, me parece, es la culpable del descriterio de sus adultos y, a la larga, de sus jóvenes. En definitiva, somos todos culpables de los torpedos del Simce, de las Niñas Araña que robaban para comprar ropa, de las platas del Riggs, de las playas en Santiago, de los botones de pánico, de la ropa Ok (en vez de Ck) y de los zapatos Gat y carteras Cucci.
domingo, enero 22, 2006
Y la lectura del día es...
A mi pequeño grupo de lectores, por favor lean "El final de el Caricatura", en la última revista Paula. En contraste con otros reportajes sobre el tema, la autora hizo un trabajo de lujo: no hay cifras "preocupantes" sobre el supuesto aumento de la delincuencia ni tampoco se hace eco de los discursos sobre la ineficiencia del gobierno en cuanto a los jóvenes en riesgo social. El relato es sencillo y franco, las citas son precisas y el resultado final es una narración emotiva, pero no por eso carente de rigor periodístico. A modo personal, el reportaje me causó tristeza e impotencia, además de una inquietud reflexiva más o menos importante. Nótese que para mí es mucho decir que una lectura me ha causado emociones y no solo reflexiones. Pido disculpas por abrir el apetito sin servir el plato, pero reconozco un recién adquirido respeto por los derechos de autor (al menos en lo que a la palabra escrita se refiere).
viernes, enero 20, 2006
El mundo pasado a caca (élites y legitimidad)
Un día alguien me dijo "eres parte de una elite, asúmelo", frase que echó por tierra todos mis alegatos sobre la igualdad. Es cierto, por más que trate de reivindicarme con discursos incendiarios sobre los derechos de las personas y los abusos de los poderosos, debía enfrentarme a que soy parte de un grupo social "nacido en cuna de oro", el grupo de niñitos de colegio particular y educación superior. Idiotamente, no me había percatado que pertenezco al mismo grupo al que apunto mis dardos discursivos y mis afanes activistas, lo que generó una contradicción de proporciones. Al menos, como dice Gustavo, me doy cuenta de esta contradicción y, por ende, puedo hacer algo por salvar a mi malherida consecuencia de una muerte segura. Pero ¿será esto posible en un medio que exige conductas elitistas para poder sobrevivir? Me explico con un ejemplo: estábamos en plena discusión sobre la validez de una recopilación de fuentes de historia oral. Mi argumento era que la publicación de estas fuentes no era relevante, ya que se gastaría un dineral y valioso tiempo solo para que un grupo ínfimo de personas (como son los historiadores y, de estos, los que decidan trabjar con fuentes orales y, de los últimos, los que investiguen la localidad en cuestión) pudiera acceder a ellas. Los argumentos a favor siempre tendieron a la necesidad de legitimar el trabajo realizado a través de esta publicación. Pero ¿legitimarse ante quién?, ¿acaso no basta con hacer un buen trabajo y publicar un buen libro? Creo que a estas personas (jóvenes de entre 22 y 29 años) no les basta con tener una publicación en el currículum a tan temprana edad, sino que lo que importa es la cantidad de palmoteos en la espalda y los dividendos académicos que el trabajo deje, y no el trabajo en cuestión. Es como estudiar para sacarse buenas notas y no para aprender. El solo afán de conseguir este tipo de legitimidad invalida el trabajo realizado, ya que, para los propios autores, no valdría por sí mismo, sino por lo que se diga en el medio académico sobre él. Conciente de mi pertenencia a este grupúsculo elitesco, recurro a mi contradicción vivencial y me doy la licencia de criticar estas conductas, las cuales son consideradas por esta neófita editora como un vicio (al igual que muchas otras que me llevaron finalmente a optar por alejarme de toda iniciativa que huela a palmoteo de espaldas -e.g. Magíster y grupos de investigación-). Esto, debido a que me niego a asumir que el valor de mi trabajo será directamente proporcional a los laureles que me permita obtener. Como dice Claudio, "¡grande Sergio Villalobos!", por haberse negado también y más grande todavía por haber legitimado su trabajo por su calidad y no por las estrellitas en el currículum.
miércoles, enero 18, 2006
Matando el tiempo
Dada la costumbre de escribir periódicamente algún informe o trabajo para la universidad, debo confesar que, tras algunos meses de completo ocio, echo de menos el ejercicio de la escritura. Así que, solo para que no se me oxiden los dedos, abro este blog para matar estas tardes estivales. Francamente, es para mí una costumbre que el verano se me presente, más que como un tiempo de playa y guata al sol, como un tiempo de recorridos. Empecé cuando era cabra chica. Agradezco la obsesión de mi madre por el trabajo, ya que, como consecuencia de esto, tuve la oportunidad de recorrer Santiago durante los febreros, cuando está relativamente vacío. El verano pasado, sin embargo, realicé mi recorrido más memorable: Valparaíso. Conocí el puerto de rincón a rincón, desde la Iglesia de la Matriz hasta el cerro Polanco. Los 5 días que pasé allá no alcanzaron para más, pero me dejaron las ansias de desentrañar los secretos urbanos de cada ciudad que visite. Quedó un testimonio de más de 150 fotografías y una bitácora de viaje que nunca terminé.
En diciembre de 2005, hice lo mismo con Pucón. Aunque esta es una ciudad mucho más pequeña y con mucho menos patrimonio histórico, sí hay tres sitios que valen la pena si lo que se quiere es encontrar secretos (sin desmerecer el patrimonio natural, por supuesto). Uno de ellos es el Museo Mapuche de Pucón (me reservo las palabras frente a este, para no aguar expectativas... todo lo que pudiera decir de este lugar es poco). El segundo es el Monasterio Santa Clara que está, literalmente, en la punta del cerro. Finalmente -y confesando con esto una debilidad por el romanticismo que emana de los lugares hermosos-, está "la poza", donde el horizonte del lago da paso a las faldas del volcán. Allí, confieso que me vi violentamente despojada de mi supuesta omnipotencia como ser humano, quedando expuesta mi vulnerabilidad tantas veces renegada y oculta. Sencillamente hermoso. Ahora, en Santiago otra vez, recorro en bici lo que puedo y lo que alcanzo. Aprovecho de mencionar que las casas antiguas de Ñuñoa son preciosas (nunca las había observado detenidamente) y que hay algo de mística en estas calles que fueron, en su momento, parte del barrio alto de la rancia pseudo aristocracia de la primera mitad del siglo XX. Doy por finalizada mi temporada de recorridos, geográfico-históricos, al menos, ya que diciembre terminó siendo mi "día D" monetario. Espero que el holocausto financiero deje pocas secuelas y de corta duración. Pero mientras espero, recorreré otros espacios insondables. Y recordando a C.S. Lewis, espero que el mundo tras mi propio ropero tenga sorpresas y secretos dignos de relatarse.
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