sábado, febrero 25, 2006

La retrospectiva necesaria I

La historia de los días en Chaitén es mucho más grata de lo que yo esperaba. No tanto en términos de paisajes, sino por la gente que conocí allá. Fue casi un mes de aprendizaje constante: la necesidad de desprejuiciarme, lo difícil de la tolerancia en el día a día. Partamos por que yo no soporto a los militares y me alojé la mayoría de mi estadía en el sur en el Parque Palena, ex regimiento Bulnes. Los primeros días fueron un resonar constante de cuestionamientos y críticas frente a los uniformados. Por supuesto, existe una lógica que yo no entendía aún y es que ellos tienen su razón de ser como institución únicamente en salvaguardar ciertos valores que yo no veo como tales: la patria, la soberanía, etc. Fue un debate largo, pero, a la larga, llegué a comprender y admirar a muchos hombres y mujeres de armas, especialmente a los suboficiales. Terminé por darme cuenta de que los milicos que no soporto son algunos, de una ciudad particular y una instrucción militar específica, pero que los suboficiales que conocí son paisas con uniforme no más, que se preocupan del bienestar de los suyos y toman las decisiones necesarias para asegurarlo, incluyendo (dada la ausencia de otras opciones en algunas zonas de Chile) la carrera militar. Lo más difícil, creo yo, de mi convivencia con los militares (y con los sureños en general) fue el machismo. Me vi muchas veces dando respuestas que eran interrumpidas solo para preguntarle lo mismo a cualquiera de los hombres que me acompañaban. En otras ocasiones, sencillamente, ni siquiera me miraban. Lo más bizarro fue cuando estaban todos tomando vino y a mí no me sirvieron una sola copa. En vez de eso, me ofrecían bebida, porque ellos creen firmemente en que las mujeres no debemos tomar, fumar ni opinar. Es, en verdad, una realidad anacrónica para esta santiaguina neofeminista. Finalmente, me hice un espacio en ese mundo que me parecía tan hostil. Mi mal genio tuvo por fin buenos dividendos al ser confundido con una fortaleza de carácter admirable. Me gané, incluso, el cariñoso apodo de "sargento primera", gracias a mi porfía frente a las decisiones que no querían permitirme tomar. Debo decir que ya no veo a los militares con tanto recelo. Fueron sumamente acogedores y, dentro de sus medios, nos hicieron sentir en un verdadero hogar. Digo que dentro de sus medios, porque no le podía pedir comida decente a García ni a los pelaos rancheros. Al menos hasta el próximo año, no quiero volver a comer sobras de asado, fideos con salsa de tomate ni puré con vienesas y menos ver una taza de Nescafé Dolca. Tampoco me gustaría volver a compartir el baño con veinte mujeres que no conozco y, lo que es peor, con cuarenta y tantos universitarios ebrios. Pero, en verdad, esos fueron pelos de la cola. Bueno... no tan de la cola. Fueron cosas bastante importantes para mí, dado que me hicieron ejercitar una tolerancia que no tenía... pero eso da para otra entrada en el blog que haré cuando tenga más tiempo.

jueves, febrero 23, 2006

Mis 23 días en el sur



Las historias las iré contando de a poco. Por mientras, las fotos que alcancé a subir están en www.flickr.com/photos/kmariangel Después habrá más... saludos.