viernes, enero 20, 2006

El mundo pasado a caca (élites y legitimidad)

Un día alguien me dijo "eres parte de una elite, asúmelo", frase que echó por tierra todos mis alegatos sobre la igualdad. Es cierto, por más que trate de reivindicarme con discursos incendiarios sobre los derechos de las personas y los abusos de los poderosos, debía enfrentarme a que soy parte de un grupo social "nacido en cuna de oro", el grupo de niñitos de colegio particular y educación superior. Idiotamente, no me había percatado que pertenezco al mismo grupo al que apunto mis dardos discursivos y mis afanes activistas, lo que generó una contradicción de proporciones. Al menos, como dice Gustavo, me doy cuenta de esta contradicción y, por ende, puedo hacer algo por salvar a mi malherida consecuencia de una muerte segura. Pero ¿será esto posible en un medio que exige conductas elitistas para poder sobrevivir? Me explico con un ejemplo: estábamos en plena discusión sobre la validez de una recopilación de fuentes de historia oral. Mi argumento era que la publicación de estas fuentes no era relevante, ya que se gastaría un dineral y valioso tiempo solo para que un grupo ínfimo de personas (como son los historiadores y, de estos, los que decidan trabjar con fuentes orales y, de los últimos, los que investiguen la localidad en cuestión) pudiera acceder a ellas. Los argumentos a favor siempre tendieron a la necesidad de legitimar el trabajo realizado a través de esta publicación. Pero ¿legitimarse ante quién?, ¿acaso no basta con hacer un buen trabajo y publicar un buen libro? Creo que a estas personas (jóvenes de entre 22 y 29 años) no les basta con tener una publicación en el currículum a tan temprana edad, sino que lo que importa es la cantidad de palmoteos en la espalda y los dividendos académicos que el trabajo deje, y no el trabajo en cuestión. Es como estudiar para sacarse buenas notas y no para aprender. El solo afán de conseguir este tipo de legitimidad invalida el trabajo realizado, ya que, para los propios autores, no valdría por sí mismo, sino por lo que se diga en el medio académico sobre él. Conciente de mi pertenencia a este grupúsculo elitesco, recurro a mi contradicción vivencial y me doy la licencia de criticar estas conductas, las cuales son consideradas por esta neófita editora como un vicio (al igual que muchas otras que me llevaron finalmente a optar por alejarme de toda iniciativa que huela a palmoteo de espaldas -e.g. Magíster y grupos de investigación-). Esto, debido a que me niego a asumir que el valor de mi trabajo será directamente proporcional a los laureles que me permita obtener. Como dice Claudio, "¡grande Sergio Villalobos!", por haberse negado también y más grande todavía por haber legitimado su trabajo por su calidad y no por las estrellitas en el currículum.

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