A mí sí. Se me apareció con todo lo que implica: el fin de las vacaciones (marcado justo por mi carrete de cumpleaños), el inicio de las clases y el cambio rotundo en el ritmo de vida. Creo que desde que entré a clases me he tomado, en promedio, medio litro de café diario (nótese que "en promedio", porque los fines de semana no tomo café), y he comido puras porquerías que, aunque trate de que sean porquerías sanas, hay días en los que sencillamente no resulta. Tal vez debí haberle hecho caso a Lésmer. El fin de semana aún no se acaba y yo ya estoy con urticaria porque mañana es lunes y todo empieza de nuevo, pero peor que la semana pasada, moviéndose en línea recta a velocidad constante y sin roce hacia la decadencia: esta semana empieza sin colación rica, sin plata, sin ropa limpia, sin champú ni tiempo para ir al supermercado. Todo por un trabajo de Didáctica que no tiene pies ni cabeza y que, claramente, no contribuye a mi "formación pedagógica". ¿Y qué hago ahora si ya estoy metida hasta el cuello en esto?, ¿cómo reconozco que no estoy ni ahí con pasar por el servicio militar pedagógico después de todo lo que huevié para entrar? Si mi viejo no se murió cuando nos pusimos las ilusiones, esta sí que lo mata. Solo me queda agachar el moño, apretar los dientes y esperar a que pase.
Creo que en Letras ya estaba acostumbrada a la recurrencia de estas especies de crisis vocacionales. Pero nunca me habían ocurrido tan cerca del inicio. Han pasado solo dos semanas y yo estoy sintiendo un peso de meses sobre la espalda, sobre todo creado por la presión de no dejarme vencer por el potente deseo de faltar a clases. Yo sé que aprovecharía mejor mi tiempo leyendo en la biblioteca, pero sencillamente no quiero volver a caer en la mediocridad que me ha definido a lo largo de toda mi vida universitaria: sé que si no voy a las clases, igual me va a ir bien... pero temo que eso me llevaría a ser de esos profes que tanto me desagradan, de los que repiten año tras año las mismas dinámicas porque les resultaron tan bien en un par de oportunidades que caen en la autocomplacencia y en la ceguera de pensar en su trabajo como una reiteración de fórmulas más efectistas que efectivas. No quiero perpetuar mis malos hábitos porque este es mi momento de cambiarlos. Creo que uno de los vicios más terribles de la educación chilena es precisamente esa mediocridad. Y no solo hablo de los colegios. La universidad también ha sido un aprendizaje constante de lo que NO debo hacer al enfrentarme a un curso. Gran parte de mi recién adquirida crisis vocacional (si se le puede llamar así) se debe precisamente a la falta de guías que hayan vencido la autocomplacencia. Me imagino que se enorgullecen del buen material que han hecho cada vez que lo pasan en clases y no se percatan de que ha perdido vigencia. Y es que ellos también la han perdido. Y como la crisis vocacional se debe a las falencias que he descrito y uno tiende a predisponderse negativamente ante la pega, creo que es súper necesario mantener la altura de miras y recordar siempre que estoy acá por motivos personales muy fuertes. Es por eso que me he propuesto no perder nunca de vista mis metas, así que aprovecho de inmortalizarlas en esta entrada:
1. No ser autocomplaciente,
2. no olvidar que hago esto porque me gusta,
3. vencer mis miedos, la inseguridad y el tartamudeo ocasional,
4. recordar siempre que mis estudiantes son personas en formación y no aprendices autómatas,
5. aprender a superar las dificultades del trabajo en equipo.
En resumidas cuentas, me dispongo a enfrentarme a esta y todas las semanas venideras con el pelo sucio, muerta de hambre, sin un solo peso y con toda la ropa cochina, pero con esa sensación en el pecho que se asemeja al orgullo y otro tanto a los nervios, con esa sensación de que, si hay un lugar para mí, ese es la sala de clases.
domingo, marzo 19, 2006
sábado, marzo 18, 2006
Los amigos que no quiero olvidar
Daniel: estés donde estés, te doy las gracias por todo. Sé que no te volveré a ver, pero prometo recordarte tal como te vi la última vez.
Hay una serie de presencias incidentales en nuestras vidas que a la primera muestra de necesidad o apuro, se nos materializan en la punta de la nariz. No, no hablo de fantasmas. Hablo de todas aquellas personas por las que sentimos respeto, simpatía y cariño, pero con los que no establecemos vínculos estrechos ni definitivos. Hablo especialmente de todas las personas que nos topamos en el día a día en nuestras casas, y lugares de trabajo y estudio, que acompañan nuestro diario vivir y para quienes también somos parte de una presencia fantasmagórica. En mis años de colegio, formé vínculos con muchos de ellos: conserjes, secretarias, porteros, guardias... pero tras salir de ahí, y con la llegada de nuevas rutinas y modos de vida, esos vínculos se fueron desvaneciendo de a poco. Ellos siguen ahí, en los pasillos y oficinas, y muchos me recuerdan. Tal vez no saben mi nombre, pero de la cara no se olvidan. Escribo esta entrada como homenaje para ellos, especialmente para Daniel. Cuando era cabra chica, nunca se negó a darme un poco de su tiempo para conversar conmigo, aunque fuera de dulces o monitos animados. Todos los días me recibió con una sonrisa y fue un cómplice silencioso de mis escapadas de clase durante mi enseñanza media. Nunca se negó a recibir piolita de manos de mi papá las cosas que se me quedaban en la casa, y tampoco nunca le contó que yo fumaba al frente del colegio, por más que me viera. Tuvo la lealtad y calidez de un amigo sin serlo, y siempre me recibió de brazos abiertos, aunque se le ordenara lo contrario. Honestamente, para mí esos pequeños gestos significaron mucho. Son esas pequeñas cosas las que nos ayudan a vencer la soledad y la pena en una época en que pareciera que todos nos dan la espalda.
Es cierto que gracias a ellos uno aprende mucho más de lo que el colegio le enseña. Daniel fue un ejemplo de superación y alegría. Sus ganas de vivir nunca se agotaron, a pesar de las diálisis y los malos pronósticos, y supongo que en los últimos días de su agonía aún tenía ganas de seguir aquí. No puedo decir que lo echaré de menos, porque, como dije antes, no son vínculos estrechos, pero sí muy significativos. Para mí, él siempre estará parado en la puerta, con su corbata roja, los pantalones bien planchados, un lápiz en la mano y una gran sonrisa acogedora. Pasar por la puerta de ese colegio significará siempre recordar su tono de voz, sus ojos claros, su risa, su letra en el cuaderno de recepción, la forma en que colocaba la regla bajo el lápiz para escribir derecho los carteles, los trocitos de cartulina que todos los días cortaba para anotar horas y nombres, sus líneas de expresión que denotaban una vida de mucha risa y poco enojo, sus relatos sobre su familia, su orgullo al hablar de sus hijos... en fin, una serie de recuerdos y detalles que se agolpan a mi cabeza mientras escribo esto.
Así también es como recuerdo a muchos de ellos. Recuerdo el bautizo del hijo de la señora Carmen, los cigarros y el cenicero de la Ginita, el mal genio de don José, los años de don Tadeo, a mi amigo Luchito, que para mi graduación me regaló una medallita grabada preciosa con la cara de Jesús; la tremenda altura de Luchito Basualto, la vez que se llevaron preso a Marcelo por defender a un cuidador de autos, los retos de la señora Teo cuando le decíamos "señora Peo" en kinder, a la miss Perlita, que me secaba las lágrimas a punta de dulces cuando me caía jugando... creo que si alguna vez se cumplió eso de la "comunidad gasparina" fue gracias a todos ellos. Aprendí con su ejemplo el verdadero sentido de la solidaridad y la lealtad. Y si bien tengo pésimos recuerdos del San Gaspar (o "Saint Gaspar College", para los que se creen el cuento), vuelvo periódicamente, solo para volver a escucharlos y sentir su calidez.
Hay una serie de presencias incidentales en nuestras vidas que a la primera muestra de necesidad o apuro, se nos materializan en la punta de la nariz. No, no hablo de fantasmas. Hablo de todas aquellas personas por las que sentimos respeto, simpatía y cariño, pero con los que no establecemos vínculos estrechos ni definitivos. Hablo especialmente de todas las personas que nos topamos en el día a día en nuestras casas, y lugares de trabajo y estudio, que acompañan nuestro diario vivir y para quienes también somos parte de una presencia fantasmagórica. En mis años de colegio, formé vínculos con muchos de ellos: conserjes, secretarias, porteros, guardias... pero tras salir de ahí, y con la llegada de nuevas rutinas y modos de vida, esos vínculos se fueron desvaneciendo de a poco. Ellos siguen ahí, en los pasillos y oficinas, y muchos me recuerdan. Tal vez no saben mi nombre, pero de la cara no se olvidan. Escribo esta entrada como homenaje para ellos, especialmente para Daniel. Cuando era cabra chica, nunca se negó a darme un poco de su tiempo para conversar conmigo, aunque fuera de dulces o monitos animados. Todos los días me recibió con una sonrisa y fue un cómplice silencioso de mis escapadas de clase durante mi enseñanza media. Nunca se negó a recibir piolita de manos de mi papá las cosas que se me quedaban en la casa, y tampoco nunca le contó que yo fumaba al frente del colegio, por más que me viera. Tuvo la lealtad y calidez de un amigo sin serlo, y siempre me recibió de brazos abiertos, aunque se le ordenara lo contrario. Honestamente, para mí esos pequeños gestos significaron mucho. Son esas pequeñas cosas las que nos ayudan a vencer la soledad y la pena en una época en que pareciera que todos nos dan la espalda.
Es cierto que gracias a ellos uno aprende mucho más de lo que el colegio le enseña. Daniel fue un ejemplo de superación y alegría. Sus ganas de vivir nunca se agotaron, a pesar de las diálisis y los malos pronósticos, y supongo que en los últimos días de su agonía aún tenía ganas de seguir aquí. No puedo decir que lo echaré de menos, porque, como dije antes, no son vínculos estrechos, pero sí muy significativos. Para mí, él siempre estará parado en la puerta, con su corbata roja, los pantalones bien planchados, un lápiz en la mano y una gran sonrisa acogedora. Pasar por la puerta de ese colegio significará siempre recordar su tono de voz, sus ojos claros, su risa, su letra en el cuaderno de recepción, la forma en que colocaba la regla bajo el lápiz para escribir derecho los carteles, los trocitos de cartulina que todos los días cortaba para anotar horas y nombres, sus líneas de expresión que denotaban una vida de mucha risa y poco enojo, sus relatos sobre su familia, su orgullo al hablar de sus hijos... en fin, una serie de recuerdos y detalles que se agolpan a mi cabeza mientras escribo esto.
Así también es como recuerdo a muchos de ellos. Recuerdo el bautizo del hijo de la señora Carmen, los cigarros y el cenicero de la Ginita, el mal genio de don José, los años de don Tadeo, a mi amigo Luchito, que para mi graduación me regaló una medallita grabada preciosa con la cara de Jesús; la tremenda altura de Luchito Basualto, la vez que se llevaron preso a Marcelo por defender a un cuidador de autos, los retos de la señora Teo cuando le decíamos "señora Peo" en kinder, a la miss Perlita, que me secaba las lágrimas a punta de dulces cuando me caía jugando... creo que si alguna vez se cumplió eso de la "comunidad gasparina" fue gracias a todos ellos. Aprendí con su ejemplo el verdadero sentido de la solidaridad y la lealtad. Y si bien tengo pésimos recuerdos del San Gaspar (o "Saint Gaspar College", para los que se creen el cuento), vuelvo periódicamente, solo para volver a escucharlos y sentir su calidez.
jueves, marzo 16, 2006
La retrospectiva necesaria III
Me permito ser autorreferente en exceso y hablar sobre mis actitudes positivas y negativas en torno a la tolerancia. Siendo hija única, sumamente consentida desde chica y tremendamente problemática, me formé como una mujer que, sin darse cuenta, reprodujo a lo largo de su vida una serie de conductas y discursos intolerantes adquiridos por osmosis de una familia con percepciones a ratos anacrónicas de la realidad. En la infancia, esto fue más evidente, pero con la llegada de la adolescencia y esa tensión constante entre la propia identidad y la "prestada" de los progenitores, fui desligándome de una serie de prejuicios, algunos tan ridículos que me da vergüenza reproducirlos aquí. En estos primeros años de una adultez incipiente, el vínculo con estas creencias se ha hecho cada vez menor, pero tal vez mi manera de percibir ciertas conductas o personas no ha cambiado: me es muy fácil, casi natural, caer en el prejuicio. Eso, por una parte, es positivo, ya que me otorga la posibilidad de sorprenderme y reencantarme con más frecuencia, porque sí es una de mis virtudes la capacidad de superar el prejuicio. Sin embargo, lo negativo resulta evidente a la hora de establecer los primeros vínculos con las personas y, por lo tanto, con el colectivo.
Fue eso lo que me jugó en contra durante mi primera semana en Chaitén. A la segunda noche de estadía, cuando recién me estaba sintiendo cómoda con las nuevas rutinas y costumbres militares (como comer sí o sí a ciertas horas, que sirvieran todo en cosas metálicas... y, por supuesto, lo que describí hace unas entradas atrás), llegó un nuevo mini-contingente militar que, de inmediato, llenó todos los espacios susceptibles de ser llenados (físicos y simbólicos). Era lógico, estaban como en su casa. Pero yo interpreté eso como una muestra de la prepotencia casi innata de los militares y de la falta de respeto por los otros ocupantes civiles de las habitaciones. Me armé solita un mal rato innecesario y una mala predisposición frente a ellos. Bueno, ellos también me prejuiciaron de acuerdo con sus cánones, pero fui abandonando paulatinamente la clasificación de "agh, mina" mientras nos fumábamos un pucho a medias o cuando compartíamos una mesita de pool.
Pero el reto vino unos días después. Llegó un grupo de alumnos de Inacap venidos de todas las sedes del país. La diversidad entre ellos era muy amplia y debe haberles costado un mundo conocerse y soltarse en el grupo. Y como sucede en todas estas cosas, hubo algunas personas que rápidamente tomaron la batuta. Lamentablemente, este grupo no era la influencia más positiva... armaban carretes muy ruidosos hasta pasadas las cuatro de la mañana (lo que no es malo, menos si uno se convierte en asiduo participante de iniciativas similares) y siempre dejaban un despelote más o menos importante: llevaban menos de 24 hrs. en la cuadra y ya habían roto un taco de pool, inundado dos baños y, probablemente, vomitado en más de algún lavamanos. Mal. Mi reventón vino cuando una de las líderes de "Cory" (como le decíamos al grupo, recordando la pastelería homónima) empezó a hacer bailes eróticos arriba de la mesa de pool y a acosar, no solo a MI pololo, sino al suboficial a cargo del establecimiento. Lo de Gustavo se solucionó muy pronto, pero el agarrón que le intentó dar en las partes pudendas a Caturra fue un poco como mucho. No solo por la falta de respeto hacia un hombre mayor, casado, extraño y con autoridad en ese lugar, sino porque, aparte de la mala educación, demostraba en ella un limitado conocimiento de la dignidad. Después de eso, "ella" (cuyo nombre no reproduciré) quedó en la memoria y la boca de todos, civiles y militares, siempre ligada a adjetivos como "caliente", "fácil", "prosti", en fin... ¡Pucha qué lata! Como conocíamos hace poco al grupo, los eché a todos en el mismo saco y saqué (sacamos, en verdad) mis prejuicios tontos frente a Inacap, Incapaz o Aplaplac. Que si se notaba la falta de educación, que si eran todos cabros chicos inconscientes y alcoholizados (a una edad en que eso no se puede atribuir a la confusión juvenil), que si eran tontos... Qué vergüenza me dio cuando caí en cuenta de mi tontera.
Un día me vi reflejada en una de las chicas que iba con el grupo a la que, según supe después, le decían "Julita María" por lo siútica y reclamona (no comía la comida de los militares por mala; o no se lavaba el pelo en la ducha, sino que iba a la peluquería). Ella fue a tomarse un trago una noche con nosotros y nos aprovechó para descargar su incomodidad. Habló de lo sucios que eran, de lo excesivos que eran para tomar (tomaban vodka con agua cuando se acababa la bebida con tal de no dejar de tomar), de lo ladrones que eran (no sé qué le pasó a ella, pero a nosotros nos sacaron una botella de tequila de la pieza) y lo cierto es que tenía razón en muchas de esas cosas. Pero cuando ligó esto a "categorías del buen vivir", como que eran así porque los criaron mal, porque eran pobres o porque vivían en tal o cual parte, entendí lo ridículo de mi propia actitud. Es cierto que uno no reconoce del todo sus defectos hasta que los ve en otra persona.
El segundo motivo por el que me empezó a importar un comino que las duchas estuvieran sucias o que los baños vivieran tapados fue que un sub-grupo de esos con gente poco ruidosa, pero muy significativa, se ofreció (así, por amor al arte y sin habérselo pedido nosotros) a preparar un cóctel para el día de la presentación del libro. Estudiaban Gastronomía y estuvieron toda una tarde cortando pancitos y echándoles menjunges varios preparados con más ingenio que ingredientes. Nos ofrecieron su ayuda y un momento de su amistad sin pedir ni siquiera un reconocimiento nominal. Fue una de las mejores experiencias que tuve allá, no solo por lo mucho que nos ayudaron, sino por lo que pude aprender de ellos: comprendí con la práctica que, en efecto, me preocupaba por hueás.
Termino esta retrospectiva chaitenina finalmente. Por cierto que me era necesaria para recordar que no hay que juzgar el libro por la tapa (o bien, que los detalles importan poco), para entender que recordando se aprende más y mejor de las experiencias, y, sobre todo, para comprender de una vez por todas que la tolerancia no se trata de aguantar calladito lo que a uno no le parece, sino que es aceptar a la gente y las circunstancias tal cual se nos presentan, sin cuestionarlas ni juzgarlas de antemano, aplicando el principio de que toda persona es excelente hasta que se pruebe lo contrario.
Fue eso lo que me jugó en contra durante mi primera semana en Chaitén. A la segunda noche de estadía, cuando recién me estaba sintiendo cómoda con las nuevas rutinas y costumbres militares (como comer sí o sí a ciertas horas, que sirvieran todo en cosas metálicas... y, por supuesto, lo que describí hace unas entradas atrás), llegó un nuevo mini-contingente militar que, de inmediato, llenó todos los espacios susceptibles de ser llenados (físicos y simbólicos). Era lógico, estaban como en su casa. Pero yo interpreté eso como una muestra de la prepotencia casi innata de los militares y de la falta de respeto por los otros ocupantes civiles de las habitaciones. Me armé solita un mal rato innecesario y una mala predisposición frente a ellos. Bueno, ellos también me prejuiciaron de acuerdo con sus cánones, pero fui abandonando paulatinamente la clasificación de "agh, mina" mientras nos fumábamos un pucho a medias o cuando compartíamos una mesita de pool.
Pero el reto vino unos días después. Llegó un grupo de alumnos de Inacap venidos de todas las sedes del país. La diversidad entre ellos era muy amplia y debe haberles costado un mundo conocerse y soltarse en el grupo. Y como sucede en todas estas cosas, hubo algunas personas que rápidamente tomaron la batuta. Lamentablemente, este grupo no era la influencia más positiva... armaban carretes muy ruidosos hasta pasadas las cuatro de la mañana (lo que no es malo, menos si uno se convierte en asiduo participante de iniciativas similares) y siempre dejaban un despelote más o menos importante: llevaban menos de 24 hrs. en la cuadra y ya habían roto un taco de pool, inundado dos baños y, probablemente, vomitado en más de algún lavamanos. Mal. Mi reventón vino cuando una de las líderes de "Cory" (como le decíamos al grupo, recordando la pastelería homónima) empezó a hacer bailes eróticos arriba de la mesa de pool y a acosar, no solo a MI pololo, sino al suboficial a cargo del establecimiento. Lo de Gustavo se solucionó muy pronto, pero el agarrón que le intentó dar en las partes pudendas a Caturra fue un poco como mucho. No solo por la falta de respeto hacia un hombre mayor, casado, extraño y con autoridad en ese lugar, sino porque, aparte de la mala educación, demostraba en ella un limitado conocimiento de la dignidad. Después de eso, "ella" (cuyo nombre no reproduciré) quedó en la memoria y la boca de todos, civiles y militares, siempre ligada a adjetivos como "caliente", "fácil", "prosti", en fin... ¡Pucha qué lata! Como conocíamos hace poco al grupo, los eché a todos en el mismo saco y saqué (sacamos, en verdad) mis prejuicios tontos frente a Inacap, Incapaz o Aplaplac. Que si se notaba la falta de educación, que si eran todos cabros chicos inconscientes y alcoholizados (a una edad en que eso no se puede atribuir a la confusión juvenil), que si eran tontos... Qué vergüenza me dio cuando caí en cuenta de mi tontera.
Un día me vi reflejada en una de las chicas que iba con el grupo a la que, según supe después, le decían "Julita María" por lo siútica y reclamona (no comía la comida de los militares por mala; o no se lavaba el pelo en la ducha, sino que iba a la peluquería). Ella fue a tomarse un trago una noche con nosotros y nos aprovechó para descargar su incomodidad. Habló de lo sucios que eran, de lo excesivos que eran para tomar (tomaban vodka con agua cuando se acababa la bebida con tal de no dejar de tomar), de lo ladrones que eran (no sé qué le pasó a ella, pero a nosotros nos sacaron una botella de tequila de la pieza) y lo cierto es que tenía razón en muchas de esas cosas. Pero cuando ligó esto a "categorías del buen vivir", como que eran así porque los criaron mal, porque eran pobres o porque vivían en tal o cual parte, entendí lo ridículo de mi propia actitud. Es cierto que uno no reconoce del todo sus defectos hasta que los ve en otra persona.
El segundo motivo por el que me empezó a importar un comino que las duchas estuvieran sucias o que los baños vivieran tapados fue que un sub-grupo de esos con gente poco ruidosa, pero muy significativa, se ofreció (así, por amor al arte y sin habérselo pedido nosotros) a preparar un cóctel para el día de la presentación del libro. Estudiaban Gastronomía y estuvieron toda una tarde cortando pancitos y echándoles menjunges varios preparados con más ingenio que ingredientes. Nos ofrecieron su ayuda y un momento de su amistad sin pedir ni siquiera un reconocimiento nominal. Fue una de las mejores experiencias que tuve allá, no solo por lo mucho que nos ayudaron, sino por lo que pude aprender de ellos: comprendí con la práctica que, en efecto, me preocupaba por hueás.
Termino esta retrospectiva chaitenina finalmente. Por cierto que me era necesaria para recordar que no hay que juzgar el libro por la tapa (o bien, que los detalles importan poco), para entender que recordando se aprende más y mejor de las experiencias, y, sobre todo, para comprender de una vez por todas que la tolerancia no se trata de aguantar calladito lo que a uno no le parece, sino que es aceptar a la gente y las circunstancias tal cual se nos presentan, sin cuestionarlas ni juzgarlas de antemano, aplicando el principio de que toda persona es excelente hasta que se pruebe lo contrario.
lunes, marzo 13, 2006
La retrospectiva necesaria II
Echo de menos Chaitén. Mucho. Santiago me parece ahora una ciudad en exceso acelerada y sobrepoblada. Acá tengo miedos, jaquecas, insomnio, adicción a la nicotina, al café y al chocolate. Por supuesto, también tengo médicos a quien acudir para tratar todo eso. Pero la vocación del dentista de veintitantos que me atendió gratis en un hospital de dos salas probablemente tenga más lecciones sobre la vida que cualquier consulta psiquiátrica (o libros de autoayuda, si lo prefieren). Tal vez no sea el lugar ni la gente lo que más extraño. Me echo de menos siendo más auténtica y alegre, me echo de menos sin ataduras ni pesimismo. Y es que hay algo en ese despertar frente a un todo verde y azul, una sensación de que cada respiro que doy es para vivir y no para sobrevivir. Me he convertido de verdad en una "peuca desarraigá", ¿cómo te dijera yo?, en una mujer sin raíces. Aunque intente volver a ese estado de calma, lo cierto es que el mate no tiene el mismo olor; y por más que trate de percibirlo, el sabor de la gente es tan distinto... acá el pan no sabe a trabajo, sino a sueldo mínimo. Todo aquí se siente como quejado, como recriminado, criticado... creo que la diferencia radica en la valentía de aceptar las cosas como son en vez de tratar de ajustarse a un modelo inalcanzable. Es acá donde queremos enfermizamente parecer más y tener más para sentir que somos mejores. ¡Qué ganas tengo de volver! Quiero mirar a los ojos de las personas en la calle y que no bajen la mirada. Quiero no bajar la mía ante los ojos ajenos. Quiero despertar en las mañanas con el ruido de las ranas y los pájaros, no con el de mi celular. Necesito el olor de la tierra y sentir barro bajo mis pies. Espero soñar esta noche con una nalca enorme que me abraza como una madre natural acogiendo a su hija rebelde y amnésica...
Pero bueno, intentaré ser valiente para aceptar lo que no puedo cambiar: soy santiaguina. De esas disconformes con serlo, eso sí, pero santiaguina al fin y al cabo. Yo también toco la bocina en los tacos, afirmo bien fuerte mi cartera y me enojo en la fila del supermercado. Me cargan los horarios que empiezan con "como", de esos bien sureños, de los que le cuestan a uno un mal rato cuando no está acostumbrado. Yo también me desvelo cuando llueve mucho y las gotas pegan contra la ventana. Y, por sobre todas las cosas, no acepto los roles tradicionalmente impuestos ni transo en mis valores de igualdad. Si hay algo que me aleja de Chaitén es el machismo. Pero todo lo demás me tira hacia allá como una especie de benji de mil y tantos kilómetros. Sucede que allá me re-conocí, como una mujer que sencillamente no necesita reivindicarse. Una mujer que no tiene conflictos con el tejido y la maternidad. Quizás sea porque en un radio urbano ínfimo, la cocina y la cuna no plantean una dificultad para las metas profesionales. O quién sabe si allá vive la verdadera, la mujer que con una guata de siete meses parte caminando en la mañana a hacer clases en el liceo de la esquina. Total, todo queda cerca y las clases siempre empiezan "como a las ocho".
Pero bueno, intentaré ser valiente para aceptar lo que no puedo cambiar: soy santiaguina. De esas disconformes con serlo, eso sí, pero santiaguina al fin y al cabo. Yo también toco la bocina en los tacos, afirmo bien fuerte mi cartera y me enojo en la fila del supermercado. Me cargan los horarios que empiezan con "como", de esos bien sureños, de los que le cuestan a uno un mal rato cuando no está acostumbrado. Yo también me desvelo cuando llueve mucho y las gotas pegan contra la ventana. Y, por sobre todas las cosas, no acepto los roles tradicionalmente impuestos ni transo en mis valores de igualdad. Si hay algo que me aleja de Chaitén es el machismo. Pero todo lo demás me tira hacia allá como una especie de benji de mil y tantos kilómetros. Sucede que allá me re-conocí, como una mujer que sencillamente no necesita reivindicarse. Una mujer que no tiene conflictos con el tejido y la maternidad. Quizás sea porque en un radio urbano ínfimo, la cocina y la cuna no plantean una dificultad para las metas profesionales. O quién sabe si allá vive la verdadera, la mujer que con una guata de siete meses parte caminando en la mañana a hacer clases en el liceo de la esquina. Total, todo queda cerca y las clases siempre empiezan "como a las ocho".
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