
Dada la costumbre de escribir periódicamente algún informe o trabajo para la universidad, debo confesar que, tras algunos meses de completo ocio, echo de menos el ejercicio de la escritura. Así que, solo para que no se me oxiden los dedos, abro este blog para matar estas tardes estivales. Francamente, es para mí una costumbre que el verano se me presente, más que como un tiempo de playa y guata al sol, como un tiempo de recorridos. Empecé cuando era cabra chica. Agradezco la obsesión de mi madre por el trabajo, ya que, como consecuencia de esto, tuve la oportunidad de recorrer Santiago durante los febreros, cuando está relativamente vacío. El verano pasado, sin embargo, realicé mi recorrido más memorable: Valparaíso. Conocí el puerto de rincón a rincón, desde la Iglesia de la Matriz hasta el cerro Polanco. Los 5 días que pasé allá no alcanzaron para más, pero me dejaron las ansias de desentrañar los secretos urbanos de cada ciudad que visite. Quedó un testimonio de más de 150 fotografías y una bitácora de viaje que nunca terminé.

En diciembre de 2005, hice lo mismo con Pucón. Aunque esta es una ciudad mucho más pequeña y con mucho menos patrimonio histórico, sí hay tres sitios que valen la pena si lo que se quiere es encontrar secretos (sin desmerecer el patrimonio natural, por supuesto). Uno de ellos es el Museo Mapuche de Pucón (me reservo las palabras frente a este, para no aguar expectativas... todo lo que pudiera decir de este lugar es poco). El segundo es el Monasterio Santa Clara que está, literalmente, en la punta del cerro. Finalmente -y confesando con esto una debilidad por el romanticismo que emana de los lugares hermosos-, está "la poza", donde el horizonte del lago da paso a las faldas del volcán. Allí, confieso que me vi violentamente despojada de mi supuesta omnipotencia como ser humano, quedando expuesta mi vulnerabilidad tantas veces renegada y oculta. Sencillamente hermoso. Ahora, en Santiago otra vez, recorro en bici lo que puedo y lo que alcanzo. Aprovecho de mencionar que las casas antiguas de Ñuñoa son preciosas (nunca las había observado detenidamente) y que hay algo de mística en estas calles que fueron, en su momento, parte del barrio alto de la rancia pseudo aristocracia de la primera mitad del siglo XX. Doy por finalizada mi temporada de recorridos, geográfico-históricos, al menos, ya que diciembre terminó siendo mi "día D" monetario. Espero que el holocausto financiero deje pocas secuelas y de corta duración. Pero mientras espero, recorreré otros espacios insondables. Y recordando a C.S. Lewis, espero que el mundo tras mi propio ropero tenga sorpresas y secretos dignos de relatarse.
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