domingo, marzo 19, 2006

¿Se te apareció marzo?

A mí sí. Se me apareció con todo lo que implica: el fin de las vacaciones (marcado justo por mi carrete de cumpleaños), el inicio de las clases y el cambio rotundo en el ritmo de vida. Creo que desde que entré a clases me he tomado, en promedio, medio litro de café diario (nótese que "en promedio", porque los fines de semana no tomo café), y he comido puras porquerías que, aunque trate de que sean porquerías sanas, hay días en los que sencillamente no resulta. Tal vez debí haberle hecho caso a Lésmer. El fin de semana aún no se acaba y yo ya estoy con urticaria porque mañana es lunes y todo empieza de nuevo, pero peor que la semana pasada, moviéndose en línea recta a velocidad constante y sin roce hacia la decadencia: esta semana empieza sin colación rica, sin plata, sin ropa limpia, sin champú ni tiempo para ir al supermercado. Todo por un trabajo de Didáctica que no tiene pies ni cabeza y que, claramente, no contribuye a mi "formación pedagógica". ¿Y qué hago ahora si ya estoy metida hasta el cuello en esto?, ¿cómo reconozco que no estoy ni ahí con pasar por el servicio militar pedagógico después de todo lo que huevié para entrar? Si mi viejo no se murió cuando nos pusimos las ilusiones, esta sí que lo mata. Solo me queda agachar el moño, apretar los dientes y esperar a que pase.
Creo que en Letras ya estaba acostumbrada a la recurrencia de estas especies de crisis vocacionales. Pero nunca me habían ocurrido tan cerca del inicio. Han pasado solo dos semanas y yo estoy sintiendo un peso de meses sobre la espalda, sobre todo creado por la presión de no dejarme vencer por el potente deseo de faltar a clases. Yo sé que aprovecharía mejor mi tiempo leyendo en la biblioteca, pero sencillamente no quiero volver a caer en la mediocridad que me ha definido a lo largo de toda mi vida universitaria: sé que si no voy a las clases, igual me va a ir bien... pero temo que eso me llevaría a ser de esos profes que tanto me desagradan, de los que repiten año tras año las mismas dinámicas porque les resultaron tan bien en un par de oportunidades que caen en la autocomplacencia y en la ceguera de pensar en su trabajo como una reiteración de fórmulas más efectistas que efectivas. No quiero perpetuar mis malos hábitos porque este es mi momento de cambiarlos. Creo que uno de los vicios más terribles de la educación chilena es precisamente esa mediocridad. Y no solo hablo de los colegios. La universidad también ha sido un aprendizaje constante de lo que NO debo hacer al enfrentarme a un curso. Gran parte de mi recién adquirida crisis vocacional (si se le puede llamar así) se debe precisamente a la falta de guías que hayan vencido la autocomplacencia. Me imagino que se enorgullecen del buen material que han hecho cada vez que lo pasan en clases y no se percatan de que ha perdido vigencia. Y es que ellos también la han perdido. Y como la crisis vocacional se debe a las falencias que he descrito y uno tiende a predisponderse negativamente ante la pega, creo que es súper necesario mantener la altura de miras y recordar siempre que estoy acá por motivos personales muy fuertes. Es por eso que me he propuesto no perder nunca de vista mis metas, así que aprovecho de inmortalizarlas en esta entrada:
1. No ser autocomplaciente,
2. no olvidar que hago esto porque me gusta,
3. vencer mis miedos, la inseguridad y el tartamudeo ocasional,
4. recordar siempre que mis estudiantes son personas en formación y no aprendices autómatas,
5. aprender a superar las dificultades del trabajo en equipo.
En resumidas cuentas, me dispongo a enfrentarme a esta y todas las semanas venideras con el pelo sucio, muerta de hambre, sin un solo peso y con toda la ropa cochina, pero con esa sensación en el pecho que se asemeja al orgullo y otro tanto a los nervios, con esa sensación de que, si hay un lugar para mí, ese es la sala de clases.

No hay comentarios.: