Pero bueno, intentaré ser valiente para aceptar lo que no puedo cambiar: soy santiaguina. De esas disconformes con serlo, eso sí, pero santiaguina al fin y al cabo. Yo también toco la bocina en los tacos, afirmo bien fuerte mi cartera y me enojo en la fila del supermercado. Me cargan los horarios que empiezan con "como", de esos bien sureños, de los que le cuestan a uno un mal rato cuando no está acostumbrado. Yo también me desvelo cuando llueve mucho y las gotas pegan contra la ventana. Y, por sobre todas las cosas, no acepto los roles tradicionalmente impuestos ni transo en mis valores de igualdad. Si hay algo que me aleja de Chaitén es el machismo. Pero todo lo demás me tira hacia allá como una especie de benji de mil y tantos kilómetros. Sucede que allá me re-conocí, como una mujer que sencillamente no necesita reivindicarse. Una mujer que no tiene conflictos con el tejido y la maternidad. Quizás sea porque en un radio urbano ínfimo, la cocina y la cuna no plantean una dificultad para las metas profesionales. O quién sabe si allá vive la verdadera, la mujer que con una guata de siete meses parte caminando en la mañana a hacer clases en el liceo de la esquina. Total, todo queda cerca y las clases siempre empiezan "como a las ocho".
lunes, marzo 13, 2006
La retrospectiva necesaria II
Echo de menos Chaitén. Mucho. Santiago me parece ahora una ciudad en exceso acelerada y sobrepoblada. Acá tengo miedos, jaquecas, insomnio, adicción a la nicotina, al café y al chocolate. Por supuesto, también tengo médicos a quien acudir para tratar todo eso. Pero la vocación del dentista de veintitantos que me atendió gratis en un hospital de dos salas probablemente tenga más lecciones sobre la vida que cualquier consulta psiquiátrica (o libros de autoayuda, si lo prefieren). Tal vez no sea el lugar ni la gente lo que más extraño. Me echo de menos siendo más auténtica y alegre, me echo de menos sin ataduras ni pesimismo. Y es que hay algo en ese despertar frente a un todo verde y azul, una sensación de que cada respiro que doy es para vivir y no para sobrevivir. Me he convertido de verdad en una "peuca desarraigá", ¿cómo te dijera yo?, en una mujer sin raíces. Aunque intente volver a ese estado de calma, lo cierto es que el mate no tiene el mismo olor; y por más que trate de percibirlo, el sabor de la gente es tan distinto... acá el pan no sabe a trabajo, sino a sueldo mínimo. Todo aquí se siente como quejado, como recriminado, criticado... creo que la diferencia radica en la valentía de aceptar las cosas como son en vez de tratar de ajustarse a un modelo inalcanzable. Es acá donde queremos enfermizamente parecer más y tener más para sentir que somos mejores. ¡Qué ganas tengo de volver! Quiero mirar a los ojos de las personas en la calle y que no bajen la mirada. Quiero no bajar la mía ante los ojos ajenos. Quiero despertar en las mañanas con el ruido de las ranas y los pájaros, no con el de mi celular. Necesito el olor de la tierra y sentir barro bajo mis pies. Espero soñar esta noche con una nalca enorme que me abraza como una madre natural acogiendo a su hija rebelde y amnésica...
Pero bueno, intentaré ser valiente para aceptar lo que no puedo cambiar: soy santiaguina. De esas disconformes con serlo, eso sí, pero santiaguina al fin y al cabo. Yo también toco la bocina en los tacos, afirmo bien fuerte mi cartera y me enojo en la fila del supermercado. Me cargan los horarios que empiezan con "como", de esos bien sureños, de los que le cuestan a uno un mal rato cuando no está acostumbrado. Yo también me desvelo cuando llueve mucho y las gotas pegan contra la ventana. Y, por sobre todas las cosas, no acepto los roles tradicionalmente impuestos ni transo en mis valores de igualdad. Si hay algo que me aleja de Chaitén es el machismo. Pero todo lo demás me tira hacia allá como una especie de benji de mil y tantos kilómetros. Sucede que allá me re-conocí, como una mujer que sencillamente no necesita reivindicarse. Una mujer que no tiene conflictos con el tejido y la maternidad. Quizás sea porque en un radio urbano ínfimo, la cocina y la cuna no plantean una dificultad para las metas profesionales. O quién sabe si allá vive la verdadera, la mujer que con una guata de siete meses parte caminando en la mañana a hacer clases en el liceo de la esquina. Total, todo queda cerca y las clases siempre empiezan "como a las ocho".
Pero bueno, intentaré ser valiente para aceptar lo que no puedo cambiar: soy santiaguina. De esas disconformes con serlo, eso sí, pero santiaguina al fin y al cabo. Yo también toco la bocina en los tacos, afirmo bien fuerte mi cartera y me enojo en la fila del supermercado. Me cargan los horarios que empiezan con "como", de esos bien sureños, de los que le cuestan a uno un mal rato cuando no está acostumbrado. Yo también me desvelo cuando llueve mucho y las gotas pegan contra la ventana. Y, por sobre todas las cosas, no acepto los roles tradicionalmente impuestos ni transo en mis valores de igualdad. Si hay algo que me aleja de Chaitén es el machismo. Pero todo lo demás me tira hacia allá como una especie de benji de mil y tantos kilómetros. Sucede que allá me re-conocí, como una mujer que sencillamente no necesita reivindicarse. Una mujer que no tiene conflictos con el tejido y la maternidad. Quizás sea porque en un radio urbano ínfimo, la cocina y la cuna no plantean una dificultad para las metas profesionales. O quién sabe si allá vive la verdadera, la mujer que con una guata de siete meses parte caminando en la mañana a hacer clases en el liceo de la esquina. Total, todo queda cerca y las clases siempre empiezan "como a las ocho".
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