sábado, marzo 18, 2006

Los amigos que no quiero olvidar

Daniel: estés donde estés, te doy las gracias por todo. Sé que no te volveré a ver, pero prometo recordarte tal como te vi la última vez.

Hay una serie de presencias incidentales en nuestras vidas que a la primera muestra de necesidad o apuro, se nos materializan en la punta de la nariz. No, no hablo de fantasmas. Hablo de todas aquellas personas por las que sentimos respeto, simpatía y cariño, pero con los que no establecemos vínculos estrechos ni definitivos. Hablo especialmente de todas las personas que nos topamos en el día a día en nuestras casas, y lugares de trabajo y estudio, que acompañan nuestro diario vivir y para quienes también somos parte de una presencia fantasmagórica. En mis años de colegio, formé vínculos con muchos de ellos: conserjes, secretarias, porteros, guardias... pero tras salir de ahí, y con la llegada de nuevas rutinas y modos de vida, esos vínculos se fueron desvaneciendo de a poco. Ellos siguen ahí, en los pasillos y oficinas, y muchos me recuerdan. Tal vez no saben mi nombre, pero de la cara no se olvidan. Escribo esta entrada como homenaje para ellos, especialmente para Daniel. Cuando era cabra chica, nunca se negó a darme un poco de su tiempo para conversar conmigo, aunque fuera de dulces o monitos animados. Todos los días me recibió con una sonrisa y fue un cómplice silencioso de mis escapadas de clase durante mi enseñanza media. Nunca se negó a recibir piolita de manos de mi papá las cosas que se me quedaban en la casa, y tampoco nunca le contó que yo fumaba al frente del colegio, por más que me viera. Tuvo la lealtad y calidez de un amigo sin serlo, y siempre me recibió de brazos abiertos, aunque se le ordenara lo contrario. Honestamente, para mí esos pequeños gestos significaron mucho. Son esas pequeñas cosas las que nos ayudan a vencer la soledad y la pena en una época en que pareciera que todos nos dan la espalda.
Es cierto que gracias a ellos uno aprende mucho más de lo que el colegio le enseña. Daniel fue un ejemplo de superación y alegría. Sus ganas de vivir nunca se agotaron, a pesar de las diálisis y los malos pronósticos, y supongo que en los últimos días de su agonía aún tenía ganas de seguir aquí. No puedo decir que lo echaré de menos, porque, como dije antes, no son vínculos estrechos, pero sí muy significativos. Para mí, él siempre estará parado en la puerta, con su corbata roja, los pantalones bien planchados, un lápiz en la mano y una gran sonrisa acogedora. Pasar por la puerta de ese colegio significará siempre recordar su tono de voz, sus ojos claros, su risa, su letra en el cuaderno de recepción, la forma en que colocaba la regla bajo el lápiz para escribir derecho los carteles, los trocitos de cartulina que todos los días cortaba para anotar horas y nombres, sus líneas de expresión que denotaban una vida de mucha risa y poco enojo, sus relatos sobre su familia, su orgullo al hablar de sus hijos... en fin, una serie de recuerdos y detalles que se agolpan a mi cabeza mientras escribo esto.
Así también es como recuerdo a muchos de ellos. Recuerdo el bautizo del hijo de la señora Carmen, los cigarros y el cenicero de la Ginita, el mal genio de don José, los años de don Tadeo, a mi amigo Luchito, que para mi graduación me regaló una medallita grabada preciosa con la cara de Jesús; la tremenda altura de Luchito Basualto, la vez que se llevaron preso a Marcelo por defender a un cuidador de autos, los retos de la señora Teo cuando le decíamos "señora Peo" en kinder, a la miss Perlita, que me secaba las lágrimas a punta de dulces cuando me caía jugando... creo que si alguna vez se cumplió eso de la "comunidad gasparina" fue gracias a todos ellos. Aprendí con su ejemplo el verdadero sentido de la solidaridad y la lealtad. Y si bien tengo pésimos recuerdos del San Gaspar (o "Saint Gaspar College", para los que se creen el cuento), vuelvo periódicamente, solo para volver a escucharlos y sentir su calidez.

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