jueves, marzo 16, 2006

La retrospectiva necesaria III

Me permito ser autorreferente en exceso y hablar sobre mis actitudes positivas y negativas en torno a la tolerancia. Siendo hija única, sumamente consentida desde chica y tremendamente problemática, me formé como una mujer que, sin darse cuenta, reprodujo a lo largo de su vida una serie de conductas y discursos intolerantes adquiridos por osmosis de una familia con percepciones a ratos anacrónicas de la realidad. En la infancia, esto fue más evidente, pero con la llegada de la adolescencia y esa tensión constante entre la propia identidad y la "prestada" de los progenitores, fui desligándome de una serie de prejuicios, algunos tan ridículos que me da vergüenza reproducirlos aquí. En estos primeros años de una adultez incipiente, el vínculo con estas creencias se ha hecho cada vez menor, pero tal vez mi manera de percibir ciertas conductas o personas no ha cambiado: me es muy fácil, casi natural, caer en el prejuicio. Eso, por una parte, es positivo, ya que me otorga la posibilidad de sorprenderme y reencantarme con más frecuencia, porque sí es una de mis virtudes la capacidad de superar el prejuicio. Sin embargo, lo negativo resulta evidente a la hora de establecer los primeros vínculos con las personas y, por lo tanto, con el colectivo.

Fue eso lo que me jugó en contra durante mi primera semana en Chaitén. A la segunda noche de estadía, cuando recién me estaba sintiendo cómoda con las nuevas rutinas y costumbres militares (como comer sí o sí a ciertas horas, que sirvieran todo en cosas metálicas... y, por supuesto, lo que describí hace unas entradas atrás), llegó un nuevo mini-contingente militar que, de inmediato, llenó todos los espacios susceptibles de ser llenados (físicos y simbólicos). Era lógico, estaban como en su casa. Pero yo interpreté eso como una muestra de la prepotencia casi innata de los militares y de la falta de respeto por los otros ocupantes civiles de las habitaciones. Me armé solita un mal rato innecesario y una mala predisposición frente a ellos. Bueno, ellos también me prejuiciaron de acuerdo con sus cánones, pero fui abandonando paulatinamente la clasificación de "agh, mina" mientras nos fumábamos un pucho a medias o cuando compartíamos una mesita de pool.

Pero el reto vino unos días después. Llegó un grupo de alumnos de Inacap venidos de todas las sedes del país. La diversidad entre ellos era muy amplia y debe haberles costado un mundo conocerse y soltarse en el grupo. Y como sucede en todas estas cosas, hubo algunas personas que rápidamente tomaron la batuta. Lamentablemente, este grupo no era la influencia más positiva... armaban carretes muy ruidosos hasta pasadas las cuatro de la mañana (lo que no es malo, menos si uno se convierte en asiduo participante de iniciativas similares) y siempre dejaban un despelote más o menos importante: llevaban menos de 24 hrs. en la cuadra y ya habían roto un taco de pool, inundado dos baños y, probablemente, vomitado en más de algún lavamanos. Mal. Mi reventón vino cuando una de las líderes de "Cory" (como le decíamos al grupo, recordando la pastelería homónima) empezó a hacer bailes eróticos arriba de la mesa de pool y a acosar, no solo a MI pololo, sino al suboficial a cargo del establecimiento. Lo de Gustavo se solucionó muy pronto, pero el agarrón que le intentó dar en las partes pudendas a Caturra fue un poco como mucho. No solo por la falta de respeto hacia un hombre mayor, casado, extraño y con autoridad en ese lugar, sino porque, aparte de la mala educación, demostraba en ella un limitado conocimiento de la dignidad. Después de eso, "ella" (cuyo nombre no reproduciré) quedó en la memoria y la boca de todos, civiles y militares, siempre ligada a adjetivos como "caliente", "fácil", "prosti", en fin... ¡Pucha qué lata! Como conocíamos hace poco al grupo, los eché a todos en el mismo saco y saqué (sacamos, en verdad) mis prejuicios tontos frente a Inacap, Incapaz o Aplaplac. Que si se notaba la falta de educación, que si eran todos cabros chicos inconscientes y alcoholizados (a una edad en que eso no se puede atribuir a la confusión juvenil), que si eran tontos... Qué vergüenza me dio cuando caí en cuenta de mi tontera.

Un día me vi reflejada en una de las chicas que iba con el grupo a la que, según supe después, le decían "Julita María" por lo siútica y reclamona (no comía la comida de los militares por mala; o no se lavaba el pelo en la ducha, sino que iba a la peluquería). Ella fue a tomarse un trago una noche con nosotros y nos aprovechó para descargar su incomodidad. Habló de lo sucios que eran, de lo excesivos que eran para tomar (tomaban vodka con agua cuando se acababa la bebida con tal de no dejar de tomar), de lo ladrones que eran (no sé qué le pasó a ella, pero a nosotros nos sacaron una botella de tequila de la pieza) y lo cierto es que tenía razón en muchas de esas cosas. Pero cuando ligó esto a "categorías del buen vivir", como que eran así porque los criaron mal, porque eran pobres o porque vivían en tal o cual parte, entendí lo ridículo de mi propia actitud. Es cierto que uno no reconoce del todo sus defectos hasta que los ve en otra persona.

El segundo motivo por el que me empezó a importar un comino que las duchas estuvieran sucias o que los baños vivieran tapados fue que un sub-grupo de esos con gente poco ruidosa, pero muy significativa, se ofreció (así, por amor al arte y sin habérselo pedido nosotros) a preparar un cóctel para el día de la presentación del libro. Estudiaban Gastronomía y estuvieron toda una tarde cortando pancitos y echándoles menjunges varios preparados con más ingenio que ingredientes. Nos ofrecieron su ayuda y un momento de su amistad sin pedir ni siquiera un reconocimiento nominal. Fue una de las mejores experiencias que tuve allá, no solo por lo mucho que nos ayudaron, sino por lo que pude aprender de ellos: comprendí con la práctica que, en efecto, me preocupaba por hueás.

Termino esta retrospectiva chaitenina finalmente. Por cierto que me era necesaria para recordar que no hay que juzgar el libro por la tapa (o bien, que los detalles importan poco), para entender que recordando se aprende más y mejor de las experiencias, y, sobre todo, para comprender de una vez por todas que la tolerancia no se trata de aguantar calladito lo que a uno no le parece, sino que es aceptar a la gente y las circunstancias tal cual se nos presentan, sin cuestionarlas ni juzgarlas de antemano, aplicando el principio de que toda persona es excelente hasta que se pruebe lo contrario.

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